Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

jueves, 17 de mayo de 2018

Vengadores: la guerra del Infinito (2018). Esperando a Thanos


Hace seis años vimos lo que hasta entonces parecía imposible: una película no con uno, sino con seis superhéroes, y que esta estuviera lo suficientemente equilibrada como para que cada uno tuviera el peso necesario. La idea pudo gestarse a partir de la idea de un universo compartido en que cada superhéroe tuviera su película con anterioridad y en las que se fuera apuntando a una futura reunión. Los Vengadores, de la mano de Whedon, y con ellos la promesa de algo todavía más grande: la futura aparición de Thanos como antagonista y las Gemas del Infinito como parte de una trama en mayor o menor medida. Casi todo el mundo sabía que existían Thor, Iron Man o el Capitán América, pero los no lectores de Marvel es probable que desconocieran al primero. La solución, igual que el caso anterior, fue el añadir indicios sobre su actuación detrás de muchos de los sucesos previos. Detrás de la invasión de Loki en la tierra, o de Ronan el Acusador antes de ser detenido por los Guardianes de la Galaxia, se encontraba Thanos y la búsqueda de las gemas del Infinito. Ahora, tras el nacimiento y separación de los Vengadores, es cuando finalmente hace su aparición.




Han pasado muchas cosas, en grupo y a cada uno de ellos, desde que los Vengadores salvaron Nueva York. Enemigos internos, una inteligencia artificial capaz de destruir una ciudad y la separación del grupo cuando los los héroes empiezan a ser vistos como amenazas. Pero también la aparición de nuevos personajes durante lo peor del conflicto, como Vision o Pantera Negra. Estos deben olvidar sus diferencias y reunirse cuando una gigantesca nave anuncia la llegada de Thanos, un nombre que en mayor o menor medida, había sido escuchado antes. Este, además del poder que otorgan una serie de gemas dispersas por distintos puntos del universo, pretende acabar con este. O al menos, solo con la mitad: lejos de considerarse un genocida, Thanos se ve como un salvador que traerá el equilibrio necesario reduciendo el número de formas de vida y asegurándose que ninguna de las supervivientes se extinga. Un punto de vista bastante dudoso y que implicará que todos los héroes conocidos hasta entonces acaben reunidos e intenten evitar que Thanos cumpla su objetivo. Aunque, cuando un enemigo tiene el poder de alterar la realidad a su antojo, la victoria parece poco probable.






Acercarse a las tres horas no es una rareza tratándose de un blockbuster, pero esta entrega de Marvel contaba con una dificultad añadida: manejar un guión donde los personajes principales superaban la docena. Y donde las tramas de cada uno se encuentran en puntos distintos, de modo que es necesario seguir unas tres o cuatro líneas argumentales al mismo tiempo. De nuevo, el que cada uno haya contado con su tiempo en pantalla en producciones anteriores, hace que todos sean conocidos del público y que tengan un peso adecuado, bien como protagonistas o como secundarios (como puede ser el caso de Tony Stark y Spiderman). Pero sobre todo, que la película no acuse en ningún momento su longitud. A lo que El viento se llevó se le añadía jocosamente “y lo que el culo se cansó”, una sensación que siempre acaba estando presente en la mayoría de los blockbusters que se empeñan en superar las dos horas. Y que aquí consiguen evitar, en parte por la necesidad de cambiar continuamente de escenario y línea, y en parte, porque este se ha llevado a cabo con un dinamismo sorprendente: hay personajes a mansalva, cada uno haciendo lo suyo, pero no da la impresión de tener desarrollo atropellado, de narrar las cosas a toda prisa, o peor, de explayarse en secuencias inútiles.



Con cada entrega de Los Vengadores se apreciaba cierto cambio en el universo de Marvel: caracterizado por un tono ligero, muy para todos los públicos y con mucho humor, las tramas de superhéroes contra supervillanos iban volviéndose más que menos simples, menos bidimensionales. Sus posteriores antagonistas tenían razones para actuar de forma contraria a los intereses de la mayoría, bien por venganza o por lógicas distintas a las humanas. Y, tras considerar los daños colaterales que suelen provocar las explosiones y despliegues de medios que acompañan a los personajes, era de esperar que ya no pudieran verse simple y llanamente como héroes. Algo que termina de condensarse con Thanos, quien, tras aparecer brevemente en alguna escena postcréditos, se muestra como alguien muy distinto al villano absoluto que se esperaba: uno de los personajes llora amargamente su pérdida, pese a ser enemigos jurados. Muchos de sus aliados lo siguen con devoción religiosa, y para ser un antagonista, en ningún momento da muestras de sadismo gratuito o de falta de compasión injustificada. Más bien al contrario: su aparición se ve acompañada por una exposición en la que él no duda en mostrar cierta amabilidad con sus adversarios y en exponer con paciencia cómo estos no son capaces de ver la conveniencia de sus razones.



No hay mucho que decir del apartado técnico: a estas alturas, un blockbuster de esta productora no sorprende, y salvo los tonos luminosos y el despliegue de colores vivos que es marca de sus películas, las secuencias de acción no pueden ser otra cosa que el más grande y más espectacular que acompañe a un guión de estas características. Por suerte, hay demasiadas cosas que contar como para perder el tiempo en regodearse demasiado en los efectos especiales.


La guerra del Infinito era lo que el público esperaba. Una reunión de superhéroes que supera a la primera entrega en cuanto a lo espectacular y que mantiene muy buen equilibrio a la hora de manejar un número muy amplio de personajes. Es, como cualquiera de las anteriores, divertida, emotiva..pero no sorprendente: pese a contar con un cliffhanger muy desesperanzador de cara a la segunda parte, no es muy fácil tomárselo en serio: si en los comics se ha asistido a varias muertes y resurrecciones de superhéroes, en la pantalla tampoco van a quedarse muy quietos.














jueves, 10 de mayo de 2018

Elric de Julien Blondel (2013). La BD del Lobo Blanco


Algunas obras han tenido tantas adaptaciones a otros medios, o tan sonadas, que es posible que un lector elija su versión favorita de las existentes. Se puede elegir el Shakespeare de Welles, de Brannagh o de Justin Kurzel, el Sherlock de Basil Rathbone o Benedict Cumberbatch, el Conan de Buscema o Barry Windsor Smith.



La saga de Elric de Melnibone, uno de los campeones eternos de Michael Moorcock, ha sido la última en contar con una adaptación a un formato distinto que pueda suponer una referencia a la hora de hacer una elección parecida. En este caso, el cambio ha sido bastante drástico, sustituyendo el estilo de cómic estadounidense por la bande desinée francófona. El guionista, Julien Blondel, comenzó en 2013 con el guión en comic de Elric, el último emperador de Melniboné, una civilización más cercana a los dioses del caos que a los humanos, que parece vivir recluida en una ísla, sus últimos siglos de decadencia, lejos de su grandeza anterior y olvidando el avance de los reinos humanos. Elric es un reflejo de su imperio: un albino, débil y enfermizo que depende de los hechizos de su amada Cymoril para subsistir, mientras que su primo Yrkoon ansía recuperar los días de gloria y hacerse con el trono del imperio. Es una traición de este lo que lleva a Elric a tener que recurrir a la ayuda de uno de los señores del Caos para poder, al menos, salvar a la mujer que ama. Aunque esto lo conduzca a tener que abandonar su isla, convertirse en un mercenario errante en la sociedad humana y quedar permanentemente ligado a Tormentosa, una espada de la que dependerá para sobrevivir.



Hasta la fecha, los tres primeros álbumes adaptan uno o dos de los primeros libros de la serie (al menos en orden narrativo. Moorcock llevaba un orden tan loco que empezó escribiendo el final), un argumento que, por escrito, parecería cualquier narración de fantasía heróica genérica, con un protagonista quizá un poco más agonías por aquello de separarse de los cachas de Robert E. Howard. El comic, al igual que los libros de Moorcock, es mucho más. Y en algunos casos, podría considerarse que mejora el material original, muy marcado por algunas tendencias de la época o por unas ideas un tanto lisérgicas que han envejecido bastante mal y que es difícil que no resulten ridículas al plasmarlas en papel. El Elric de Blondel es igual de enfermizo y sinsangre que el escrito por Moorcock, pero aquí se le retira en su primera aparición de todo atisbo de humanidad o similaridad con esta que pudiera tener: simplemente, es demasiado abúlico como para disfrutar torturando esclavos, y con la marcha de su reino es mucho más sencillo ir atisbando la evolución que el personaje sufrirá más adelante. Quizá el cambio más interesante ha sido el de Cymoril, quien se limitaba en los libros a tener una presencia testimonial o a pasarse el rato secuestrada (cuando no la duermen con algún hechizo. Nunca he visto un personaje que se eche tantas siestas no voluntarias) a caracterizarla como, según el material original, debería ser una noble de Melniboné: sin la menor empatía hacia el resto de seres vivos, profundamente enamorada del protagonista, pero también capaz de los actos más atroces y de mostrar una sorprendente ambición y falta de piedad. Y, aunque empieza a atisbarse en la trama uno de los elementos más importantes, como es la idea del campeón eterno y sus encarnaciones, o la posibilidad de cruzar a distintos mundos del multiverso, se ve aquí minimizada a una breve viñeta que se limita a hacer referencia a ellas. Podría ser que la idea sea hacer una versión en comic más lineal de la historia, o centrada unicamente en el personaje de Elric y no en el resto de héroes creados por Moorcock. O que, si ya en papel ese capítulo era un poco desconcertante, más lo sería a la hora de trasladarlo a imágenes.



En el apartado gráfico, las decisiones tomadas han sido un tanto particulares, pero han funcionado: han pasado más de 40 años desde el primer libro, lo que ha dado tiempo para que existan distintos referentes visuales y estéticos que se han tenido en cuenta a la hora de diseñar escenarios y personajes. La más reconocible ha sido la del diseño de Melniboné y sus habitantes. Los ilustradores en el anexo mencionan que su inspiración fue la estética sadomasoquista, para después reconocer lo que puede verse en la primera viñeta: que es una inspiración, o quizá una evolución, de los cenobitas de Hellraiser. Del mismo modo, recurren a elementos modernos para ilustrar algunos de los parajes más extraños: el término “barcos con forma de zigurat” se transforma en una flota de naves similares a submarinos. El resto de viñetas, cada paraje, vestuario, escenas oníricas y reinos que su protagonista visita, son cuadros que están a la altura de lo que podría haberse imaginado cuando el autor de los libros ideó su Multiverso.

Elric no ha sido un extraño en el mundo de los comics. Druillet realizó las primeras ilustraciones del personaje, llegó a tener un breve enfrentamiento con Conan (cosas de los comics y de que en el multiverso puedes acabar en cualquier sitio) y P. Craig Russell llevó a cabo la encarnación más conocida. Pero ha sido gracias a Blondel por el que he encontrado mi versión de Elric.




jueves, 3 de mayo de 2018

Ash vs Evil Dead (2018). Farewell to the King, baby


El domingo terminó, definitivamente, Ash vs Evil Dead, y si lo que dice Bruce Campbell es cierto, la saga en formato audiovisual y su papel como Ash. Algo bastante descorazonador teniendo en cuenta que el motivo es la cancelación de la serie, pero suficiente como para poder reencontrar a su personaje, que muchos espectadores lo descubrieran, y quizá, tener el tiempo necesario para poder despedir Evil Dead como tal.



A lo largo de tres temporadas se ha seguido la reaparición de Ash Williams, empleado de S-Mart (o de Value Shop. No tuvimos ninguna referencia a El ejército de las tinieblas durante esta entrega), pasota, mujeriego y tirado como el solo por afición y vocación, y propietario de una copia del Necronomicon a su pesar, un grimorio cuya lectura sirve de entrada a criaturas demoniacas de otra dimensión. Un objeto que no se encuentra muy seguro en manos de alguien capaz de leerlo nada menos que dos veces por error o despiste, y volver a provocar la aparición de unos demonios grotescos, deslenguados y cuya destrucción suele implicar una motosierra y unas cantidades de sangre y tripas de plástico que no veíamos desde los ochenta. La diferencia, ahora, está además de los treinta años que han pasado por él, su barriga y un carácter bastante deslenguado y políticamente incorrecto, en que no está solo: Pablo y Kelly, dos compañeros de trabajo, acabaron uniéndose a su pesar a su búsqueda de una forma de acabar con ellos o, en el caso de Ash, de un sitio donde eludir las responsabilidades y vivir tranquilo. Este viaje sirvió también para ampliar el mundo en el que habíamos visto a Ash hasta entonces: el Necronomicon es codiciado por los Oscuros, una raza de seres no humanos de los que Ruby, una despiadada hechicera es la cara visible, para verlo regresar a sus orígenes, en el pueblo de Elk Grove, e incluso conocer su entorno. O al menos, a su padre, pudiendo comprobar que es verdad lo de “de tal palo tal astilla”, y que también se cumple con su hija, aunque Ash está tan desconcertado con el descubrimiento como su propia descendiente.



Las tres temporadas pueden considerarse muy breves: salvo el piloto, han sido un total de treinta episodios de no más de media hora, pero suficiente para recuperar al personaje, el estilo de las películas originales, y sobre todo, hacerlo evolucionar y desarrollarse de una forma que ha resultado sorprendente, teniendo en cuenta las décadas y cambio de gustos que mediaban entre la última película y la serie. Si bien la tercera entrega iba un poco a su aire respecto de las anteriores, con un decorado más amplio, a esta, con el viaje de Ash a la edad media, no se hace referencia por cuestión de derechos, aunque se mantuvieron, sin mencionarlos abiertamente, elementos del canon. En cambio, la serie no se quedó en una repetición de esquemas: Ash es un personaje muy grande, muy de caricatura y que llena la pantalla, pero consiguieron aportarle una serie de coprotagonistas que están a la altura: Ash vs Evil Dead no sería lo mismo sin Pablo el Brujo (en castellano en el original ¡Maldición, siempre quise escribir esto!), el carácter taciturno y sarcástico de Kelly y sobre todo, del papel de Lucy Lawless como antagonista visible, con un personaje mucho más severo y oscuro que le da el contrapunto al más socarrón de Bruce Campbell. Pero también fue todo un logro el que un personaje tan de secuela como la hija de Ash mantuviera el tipo al lado de los otros tres: Brandy, siendo muy estrictos, no molesta en pantalla, y siendo más generosos, es una protagonista tan útil como el resto, en lugar de quedarse como poco más que una anécdota. Y sobre todo, necesaria, a la vista de la evolución que comienza a experimentar Ash en los últimos capítulos.


 
Hala, ya podemos irnos para casa porque esta es la mejor foto que veremos en todo el año

Estos personajes han conseguido algo muy importante en la franquicia: no solo mantenerse a la altura de su protagonista sino también mantenerse vivos. Algo que no les pasó al grupo de secundarios que, con el pretexto de expandir un poco el transfondo de Ash y el Necronomicon, se limitan a ser asesinados uno tras otro de las formas más gore que da de si la serie. Para tener el llamativo título de Los caballeros de Sumeria, es un milagro que haya quedado un solo miembro vivo en el siglo XXI...Un defecto que no afecta solo a ellos, sino a parte de los aparecidos en la temporada anterior: si la segunda sirvió para llevar al protagonista de vuelta a su ciudad natal y bromear un poco con su entorno familiar (además de ofrecer algunos de los chistes más propios de Fernando Esteso cortesía de Brock Williams, padre de la criatura), esta se quedó en un guiño a los viajes temporales y en un grupo de secundarios que desaparecieron de la pantalla en la siguiente. Y es que pese a lo breve, la serie también sufre de algunos capítulos que no sirven más que para ofrecer lo que en el fondo, caracterizaba a Evil Dead: comedia muy bufa, mucho, en el último año, y momentos gore. Aunque, en la tercera parte, quizá con las horas contadas, se redujo ciñéndose mucho a lo que querían narrar en esos diez episodios.



El mayor choque ha sido el cierre de la serie. Con una media hora para poder cerrar una historia que se había desmadrado al máximo, sin que esto sea algo malo, efectúan un sorprendente cambio de tono en el protagonista mostrando al que en algún momento habíamos olvidado: al más serio, el que todavía conserva el colgante de su novia desde hace más de 25 años (porque antes de perseguir cualquier cosa que tuviera faldas y probablemente, sufrir un síndrome de estrés postraumático no tratado, tenía novia formal), el que hace lo posible por salvar a sus amigos y a su hija y se enfrenta a los demonios con todo el sentido épico que se puede permitir una serie marcada por un personaje socarrón y el humor negro. Además de poder afortunadamente cerrar la historia con un final adecuado dadas las circunstancias y con todo un guiño al desenlace alternativo, y menos optimista, de El ejército de las tinieblas.
Quizá el problema de Ash vs Evil Dead fue pasarse de ambiciosos. La saga, y sobre todo Ash, cuenta con una base de seguidores muy fiel, pero no suficiente como para mantener una serie, por escasos que sean los capítulos que la compone, de forma abierta. Es posible que un planteamiento cerrado desde un principio, sin querer seguir rodando indefinidamente, habría sido más adecuado. Sin embargo, el final de la serie es el mejor que pudo tenerse: es atropellado, caótico, al que se le nota un decorado en el que se mueven un montón de tipos maquillados de zombie, unos fantoches con hábito,un enorme bicho con un aspecto tan de marioneta, que parece sacado de los ochenta e incluso un tanque, porque en el fondo, si esto se acaba ¿por qué no acabarlo a lo grande? En el fondo, no habría podido encontrarse una forma mejor de despedirse de Ash y homenajear a Posesión Infernal.

jueves, 26 de abril de 2018

Isla de perros (2018). Como el perro y el gat...político


Hay algunas películas que, sin haber hecho ningún caso a sus reseñas, ni director, acaban convirtiéndose en una revelación, aunque sea solo por no haberle prestado la más mínima atención hasta entonces. Me pasó hace algunos años con Gran Hotel Budapest, de la que acabé disfrutando cada escena sin haber visto hasta entonces ni una película de Wes Anderson y ni siquiera esperar mucho de las comedias que se estrenan en cine. Claro que en este caso, no es precisamente una comedia al uso. Ni lo es su siguiente estreno, como tampoco puede considerarse una producción animada al uso. En todo caso, la primera supuso que me quedara con el nombre en cuanto vi anunciada Isla de perros.



La isla del título hace referencia donde todos los perros de la ciudad de Megasaki, tras una epidemia de gripe canina (y de fiebre nasal) son exiliados por orden del alcalde como medida de seguridad. Mascotas y perros callejeros son enviados a un gigantesco vertedero pese a las protestas de los defensores de los animales y del partido científico, quien asegura poder tener una cura lista en pocos meses. Sin embargo, el que el escudo tradicional del clan Kobayashi, dueña de la alcaldía que decretó la orden, sea un gato, y que su animadversión por los perros provenga de varios siglos atrás, hace que muchos se planteen que la clase política está escondiendo algo. Y mientras, Atari, el pupilo del alcalde, emprende un viaje hacia Isla Basura intentando encontrar a su perro, uno de los primeros en ser enviados allí. Por cierto, ¿he mencionado que la historia transcurre en Japón, y que ni los perros ni los espectadores entienden el idioma?





La película, visualmente, es una pieza de artesanía. Animada mediante stop motion, sin que su movimiento pretenda ser realista o fluído, esta se recrea en un decorado y unos personajes que tampoco pretenden emular a la realidad, sino mostrar todo el detalle que puede ofrecer una marioneta. Desde unos escenarios que casi parecen recortados, unos océanos con aspecto de papel de seda, y unos personajes donde se aprecia el más mínimo detalle, desde la piel casi traslúcida de algunos humanos, hasta la más mínima peca y rizo de estos, pasando, sobre todo, por unos protagonistas caninos a los que no duda en mostrar despeluchados y algunos heridos como..bueno, como parece que no podría, o debería mostrarse, en una película hecha con marionetas. Es más, teniendo en cuenta el argumento, este podría verse en cierto modo como una parodia de las películas de animación con animales parlantes y pensadas para todos los públicos. Un poco, como una versión macabra, con un humor distinto, y para adultos de Mascotas.



Su principal influencia, además de la cultura japonesa, es su cine y especialmente el de Akira Kurosawa. La narración y los personajes humanos se comportan de una forma muy envarada un poco extraña en comparación con la actitud más emotiva de sus compañeros caninos, y el montaje se recrea en los escenarios de forma muy pausada y que, en vista del cuidado que han puesto a nivel visual, era algo necesario: no podremos quejarnos de que no nos dan tiempo de poder apreciarlos. Aunque, por esta similitud, también hace pase algo parecido que con el cine del director japonés: es pausado, y siempre hacía que pasada la parte principal, sus películas se me hicieran cuesta arriba por lo pausado. Algo que también sucede aquí cuando se toma su tiempo a la hora de llegar al desenlace y pararse mucho en aspectos menores de la historia.



El idioma también es una parte más, y una importante, de la película: al comienzo avisan que los únicos que han sido traducidos a nuestro idioma son los perros, y que el resto de personajes hablan en su lengua natal. Esto hace que, salvo determinados momentos donde es necesario comprender un diálogo (a base de unos subtítulos muy básicos o que un personaje diga algo que puedan los protagonistas entiendan), los humanos mantengan conversaciones en japonés incomprensibles para el público, supliéndose esto mediante los gestos, rótulos concretos en inglés, idioma convertido ya en lingua franca, o una traductora cuya presencia en cada aparición política es casi permanente. Bueno, y un secundario que por arte de necesidades del guión, resulta ser occidental.
 
 
¡Gatetes!

A Isla de perros la encontré de una forma parecida Gran Hotel Budapest: con poco más que un cartel a la entrada del cine, y un día del espectador en el que decidí rápido a qué película tenía que entrar. El resultado no fue el mismo, y no llegué a ese nivel de emoción que supuso la primera. En cambio, es imposible no perderse por los escenarios, los momentos de comedia absurda que ofrece de cuando en cuando...y no terminar de ver como unos antagonistas absolutos a los malvados miembros del clan Kobayashi. Bueno, son una casta de odiadores tradicionales de perros, sus métodos son más que cuestionables y sus niveles de vileza son los habituales en un político. Pero esa rivalidad viene de la mano de una devoción por los gatos y que todos y cada uno de ellos sean acompañados por un minino de expresión aviesa.


jueves, 19 de abril de 2018

T. E. Grau y la oscuridad innombrable. Homenajeando a los clásicos recientes


Lo de no juzgar un libro por la portada, si se toma en sentido literal, es una de las frases más ciertas que puede haber. Algunos realmente buenos han tenido que sobrellevar unas cubiertas atroces, y si me hubiera fiado de ellas, me habría quedado sin descubrir algunas novelas excelentes de la colección Super Terror de Martinez Roca o las aventuras de Harry Dickson (bueno, en ese caso, decidí empezarlas para descubrir que albergaban aquellos horrendos fotomontajes). En otros casos, no es así, y la ilustración que los presenta puede variar entre lo simple, lo elaborado, ser lo suficientemente llamativo o directamente, el adecuado para la historia que esconde en sus tapas.



La oscuridad innombrable, de T. E. Grau, fue uno de esos casos. Esta se limita a dibujar una figura cadavérica en un fondo oscuro, al igual que la edición estadounidense, algo muy adecuado y enigmático para un título de los que hace pensar “aquí tiene que haber algo lovecraftiano sí, o sí”. No es una sorpresa, porque H. P. L. es uno de los referentes directos de la recopilación de relatos de este autor, que abarca el terror en distintas facetas: los entornos urbanos, lo sobrenatural, el humor negro, muy presente, y sobre todo, el horror cósmico que en mayor o menor medida, está presente en cada uno de los cuentos. De hecho, estos han sido previamente publicados en otras antologías de carácter temático, y en casi en su totalidad estas están relacionadas con Los Mitos de Cthulhu.

Precisamente lo que caracteriza a la mayoría de sus cuentos es el tono de homenaje: H. P. L. parece haberse convertido en marca de la casa, pero también es fácil reconocer situaciones con las que Robert E. Howard se habría sentido cómodo, los giros de los cómics de la E. C. e incluso a autores de culto más recientes como Thomas Ligotti o Laird Barron. En ese sentido, Grau no inventa nada: la mayoría de sus cuentos acaban recordando a algo leído previamente, bien por estilo o bien por los elementos que usa. Algo que el autor no esconde y en el apéndice final incluye una lista de escritores, situaciones y elementos de la cultura popular que le sirvieron de referencia a la hora de escribir.



El parecerse a un montón de cosas que han aparecido hace tiempo no parece una buena carta de presentación. A veces da un poco la impresión de que todo está inventado y que no queda otra que limitarse a los homenajes o dar vueltas sobre temas que se han convertido en habituales dentro del fantástico. Pero en este caso, no pretende ser algo fuera de lo común ni venir como solían poner a menudo en las contraportadas de las novelas de los ochenta, a revolucionar el género. Grau cuenta historias, teniendo muy presente lo que lo ha influenciado a la hora de escribirlas, y lo que es más importante, las cuenta bien. Es un narrador con un estilo muy atractivo, que es capaz de crear una atmósfera inquietante, algo muy necesario para el tipo de relatos de su libro, y con una sorprendente habilidad a la hora de sugerir situaciones en las que el horror es algo real sin hacer una sola mención directa: en El gran chapuzón de Gordinflón se sirve de la mirada de un niño para describir una ciudad y a unos personajes miserables. Limpieza, el segundo relato, describe la forma de actuar (y por suerte, el destino que le espera) a un pederasta de manual, y, en un escenario completamente distinto, recrear un cuento de hadas gótico en Señor Lobo.

Si sobre La oscuridad innombrable empezaba hablando de portadas e ilustraciones es porque, al menos en la edición española, este supone un factor importante: uno de los formatos que menos me gustan en el mundo editorial es la rústica con solapas (¿qué eres? ¿Un libro con sobrecubiertas? ¿Una edición de bolsillo? ¡Decídete por uno y no te quedes con la encuadernación y el precio de ambos!), y fue el le tocó al libro de Grau. Pero que se ve compensado por una edición muy cuidada: el tamaño bolsillo sin ser bolsillo se ve compensado por las láminas de Odilon Redon que acompañan a cada relato, y por nada menos que una banda sonora, en forma de playlist de youtube incluida en la primera página. Desde luego, no se me habría ocurrido escuchar a Florence and the Machine leyendo una antología de relatos lovecraftianos.


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