Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

jueves, 14 de septiembre de 2017

El último cazador de brujas (2016). Fantasía urbana, peleas y frikismo. Sobre todo, este último.

En este blog somos partidarios de las brujas por motivos obvios

Entre estreno y estreno grande, siempre es posible encontrar películas de género fantástico que cubran un poco el hueco que queda entre las anteriores. La saga de Resident Evil se las apañó bastante bien en estas condiciones, y de vez en cuando, alguna producción similar prueba suerte, aunque en el fondo, sean un poco la versión actualizada de las series B, con un presupuesto y medios que sus predecesoras de los ochenta no hubieran soñado. Pero, ¿Quién dijo que esto sea malo? Si alguna de las películas más divertidas y originales han visto la luz dentro de esta etiqueta.



El último cazador de brujas no viene a revolucionar el género, pero sí sería un poco este caso: medios más que suficientes y un argumento muy fantástico y muy pensado  para un público concreto. En este caso, el que va a seguir las aventuras de Kaulder, un cazador que en la edad Media consigue acabar con la reina de las brujas, quien ha desencadenado la peste negra sobre Europa. Esta, antes de morir, lo maldice condenándolo a vivir eternamente. Lo que Kaulder, lejos de parecerle una tragedia, le sirve para convertirse en una leyenda en el mundo de las brujas supervivientes y de los pocos humanos que conocen su existencia. Ochocientos años más tarde ambos mantienen una tregua que el último cazador se encarga de hacer cumplir, capturando a todos aquellos que incumplen las normas, interfieren en la vida de los humanos o suponen un peligro. Y que últimamente han empezado a multiplicarse: corren rumores de que la reina de las brujas planea su regreso, que este está relacionado con la vida eterna de Kaulder, y que pese a haber trabajado solo durante los últimos siglos, la ayuda prestada por una hechicera capaz de moverse entre los sueños y el secretario designado por la iglesia como su ayudante, puede ser la clave para evitarlo. 


La mayoría de intentos de pasar las características de la fantasía  urbana al cine no han terminado de cuajar. Yo, Frankenstein resultaba un poco desbarre, Cazadores de sombras  era poco más que un fanfic hecho con cosas vistas mil veces y solo Guardianes de la noche, con todas sus rarezas, había dado en el clavo (lo cierto es que su carácter único y bastante estrafalario  es lo que hizo que funcionara). Este se queda a medio camino entre las tres: cuenta con una personalidad y se esfuerza en ofrecer  algo propio, o al menos, en hacer un poco suyos los elementos del género. Pedro tampoco se separa demasiado de los tópicos y el paquete es el de una película de fantasía y acción con un héroes muy sobrado. En el primera caso, el guión sabe  muy bien cual es su público, y que este va a reconocer los lugares comunes sin que sea necesario introducir diálogos explicando cada paso. La cultura popular es suficiente para reconocer una sociedad de magos, con sus reglas y hechizos, así como los recursos de los que dispone el protagonista. Por otro lado, la ambientación resulta un poco genérica, tomando del mismo modo hechos y referencias de otras ficciones sin que aparezca nada nuevo: la edad media del prólogo es la típica edad oscura (literalmente. Porque es de noche todo el rato), roban descaradamente un par de secuencias oníricas de Gladiador y los vestuarios de los brujos parecen los de una ilustración cualquiera de Vampiro: la mascarada.



El que la película recuerde un poco a una partida de rol no es solo por la ambientación, sino que nació de esta idea: Vin Diesel es muy aficionado a Dungeons&Dragons y tanto la historia como el protagonista se basan en su personaje de las partidas. Un detalle friki bastante entrañable pero que hace que este  tenga una caracterización demasiado simple: mola mucho, así, con todas las letras. Es inmortal, sabe artes marciales, está forrado y eso de la maldición de vivir eternamente tampoco le quita el sueño. Ni parece demasiado conflictuado en la correspondiente trama de traiciones y conspiraciones. Va por un mundo de brujas y magos con horchata por las venas y una actitud que en el fondo, recuerda un poco al Riddick que lo hizo famoso. Pero que en el fondo, es una versión guionizada y con medios del relato que un jugador cualquiera podría haber hecho sobre sus aventuras en una partida.

Para poder usar la Espada de fuego necesitas ser al menos un Vin Diesel de nivel 15 y sacar un crítico

Un protagonista sin tacha tampoco supone el fracaso del guion: Diesel tiene carisma y las habilidades necesarias para sacar adelante la película, que en el fondo, es una historia de fantasía de las de buenos contra malos, un poco de acción, y sobre todo, una manera de introducir a unos personajes de cara a una posible secuela. De una forma quizá demasiado evidente, con el grupo presentado, formado, y a punto de iniciar la siguiente aventuras, que puede tener lugar, o no, dependiendo del público. Por mi parte, si su cazador de brujas no se sube demasiado a la parra y se convierte en una nueva Milla Jovovich en Resident Evil, me apunto. 

jueves, 7 de septiembre de 2017

La niebla (2017) ¿Terror veraniego, drama familiar o alternativa para echarse la siesta?


Aunque recientemente el número de episodios por temporada en televisión se esté reduciendo, el verano sigue siendo la época para emitir series más breves, que puedan probar suerte en unos meses de menos competencia, o en el peor de los casos, por ocupar espacio. Es un buen momento para probar con alguna sin el problema de quedar vendida con dos decenas de capítulos. Y más cuando el material que han tomado como referencia es una de las mejores novelas cortas de Stephen King, a la que, la brevedad por la que se caracterizaba en la obra de un autor tirando a libros mastodónticos, el formato de serie más corta era muy adecuado.



La niebla contaba previamente con una adapción cinematográfica sorprendentemente buena (la de Frank Darabont en 2007. Nada que ver con la película de John Carpenter ni su remake de la misma década), donde se introducían importantes diferencias respecto del original que incluso le habían gustado al propio King. La niebla, como serie, se separa todavía más de este: los puntos básicos de la trama coinciden, como son la aparición de una niebla, relacionada con los experimentos que en una base militar cercana se están llevando a cabo, las criaturas que la habitan y sobre todo, el efecto que un encierro prolongado en un entorno hostil tiene sobre los personajes. El resto, es un enfoque muy distinto. Una de las fuentes de conflicto se trasforma del fanatismo religioso tradicional a un enfoque en principio más inofensivo, como es el ver a la naturaleza como una fuerza mística, pero que en las circunstancias adecuadas es igual de peligroso. Y la familia protagonista cuenta con el conflicto previo de vivir en una comunidad marcada por la estrechez de miras y las habladurías. A estos se les unen dos personajes nuevos, probablemente relacionados con el origen de una niebla a la que King solo dio referencias veladas: un soldado con amnesia que proviene de las instalaciones donde esta empezó, y una delincuente cuyo pasado es un misterio.





Con el añadido de tramas y personajes, es posible plantearse si la novela original daría realmente para una serie de diez episodios. Seguramente no, pero los aportes al guión, debidamente tratados podrían haber resultado en una producción que expandiera y modificara esta de una forma interesante y con posibilidades. El convertir a las criaturas de la niebla en una amenaza de corte más sobrenatural, donde lejos de ser monstruos tangibles, adoptan la forma de lo que desean o temen sus víctimas, y la trama que traen consigo los personajes nuevos, abría muchas posibilidades para una serie de terror y supervivencia, que aportaría algo más de novedad a un tipo de ficción que está demasiado ligada a los zombies (bueno, esto último es una apreciación objetiva, Como si yo fuera a quejarme de que hoy hay superávit de zombies...). Posibilidades que por desgracia, son sustituídas por una serie de tramas que, por la torpeza con la que se ejecutan y por lo poco relacionadas con el tono de la serie, hacen que esta entorpezca el ritmo general y que nunca quede muy claro con qué aspecto quiere quedarse el guión. Si el original combinaba de forma efectiva los miedos colectivos y el fanatismo, su versión televisiva hace una mezcla, muy mal llevada entre el argumento fantástico, que era el que seguramente esperaba su público, y una serie de dramas familiares que resultan fuera de lugar: desde el primer episodio se dedican a insistir en lo cerrado y politicamente incorrecto que es el pueblo de los protagonistas, en plantear una tragedia familiar que acompañará a la hija de estos, como es el haber sido violada y el encontrarse encerrada en el mismo lugar con su supuesto agresor...y por si no fuera poco, terminan cerrando estas con unos giros en los que aparecen padres y hermanos descubiertos en el último minuto dignas de un telefilme de los de antena tres por la tarde. En general, una forma de enrevesar y alargar capítulos bastante floja, y que poco tiene que ver con el resto de lo que aparece en pantalla. A veces dan ganas de gritarle a los personajes que se olviden un poco de las tragedias locales y que se centren en el bicherío que hay en el exterior, que ya resolverán los conflictos luego. O directamente, que se los coman y quedarnos con la trama que habían prometido.



Los protagonistas de esta parte del guión son los que más presencia tienen durante gran parte de los episodios, y a los que acaba siendo sencillo desear que desaparezcan rápido, o que sean reescritos de otro modo. En concreto, una adolescente cuya actitud acaba resultando más que improbable, y una madre interpretada por una Alyssa Sutherland que quedará muy mona en shorts y pantalones pitillo, pero cuya actuación consiste en poner cara de estreñida y encontrarse, como mucho, en un estado de disgusto permanente. El resto cumple ordenadamente su papel de víctimas y poco importa lo que hayan hecho durante el resto de la serie, porque a partir del sexto capítulo se empieza a sospechar que en ese centro comercial no va a quedar ni el apuntador.



Aunque sea evidente que disponen de menos medios que en otras series, una parte se compensa recurriendo a escenarios cerrados y sobre todo, a la niebla titular. Pero en una serie de terror (al menos, en principio) tarde o temprano tienen que aparecer algunos efectos especiales que lo justifiquen. Que aquí no son especialmente brillantes: mucha infografía, normalita para estos días, pero uno diseño de criaturas que, quizá pretendiendo justificarlo por el giro sobrenatural que se les ha dado, acaban pareciendo una especie de dementores de marca blanca y algún que otro diseño genérico que sale en contadas ocasiones.

Como serie basada en una novela, La niebla ha resultado desastrosa: tramas melodramáticas que poco tienen que ver con la principal, personajes sin carisma que las convierten en algo todavía más insufrible y una resolución que, por un lado termina el drama familiar de una forma más ridícula, pero lo finaliza para bien, y que por otro, le pone al espectador el cebo de un argumento más interesante que el que pudo haber estado viendo durante los últimos diez episodios. Y que, al menos este último, funciona: la secuencia final hace pensar que, ya que hemos llegado hasta ahí, no nos podemos quedar tirados sin saber qué pasa después.

jueves, 31 de agosto de 2017

La Torre Oscura (2017). No han olvidado el rostro de su padre



Stephen King ha sido uno que ha aparecido muy poco por aquí. Algo bastante raro cuando su saga La Torre Oscura fue una de mis series favoritas. Si bien es una que decidí cortar por lo sano porque su autor estaba tomando una dirección que no me gustaba nada. Una situación muy distinta a cuando la empecé: poco después de terminar todo lo escrito y por escribir de H. P. L, decidí volver a lo conocido, con una saga que, como se estilaba entonces, ponía el nombre de su autor en la portada más grande que el propio título. Todavía acostumbrada a una narrativa más lineal, y más abundante en escenarios tópicos, encontré la historia de un pistolero, tal cual, que se desplazaba por un mundo del que solo sabíamos que “se había movido”. Que perseguía al Hombre de negro por algo que había sucedido en el pasado, de lo que solo teníamos breves retazos, y que había más mundos que el suyo. Uno de ellos, donde encontraría a los compañeros que lo acompañarían en busca de una Torre que servía de hilo conductor a la historia más ambiciosa que había ideado King. Al menos, en sus comienzos. El primer libro descubría un mundo extraño y fascinante. El segundo, presentaba a los siguientes personajes. El tercero, los puso en marcha y me hizo pensar que, si no podía saber qué sucedía después, me daría algo (era una lectora muy apasionada). El cuarto tardó una década en llegar y me hizo pensar que La Torre Oscura, tal y como yo la conocía, había terminado. Y que el que la escribía ahora era el King que no me gustaba. El que se explayaba hasta la extenuación, el del desbarre y el de un estilo quizá demasiado pagado de sí mismo. Y ahí se quedó la cosa, dándole tiempo desde entonces a terminar la saga (y a que me sirviera lo mismo conocer el final mediante resúmenes y spoilers), a que se publicara la precuela en formato cómic, y finalmente, lo que había parecido imposible: que La torre oscura se adaptara al cine.



Esta versión cinematográfica no venía libre de críticas: comenzaba como parte de un proyecto en el que la historia se iría cubriendo mediante películas y series. Pero los cambios en el equipo creativo, la manera de enfocar el guión, y sobre todo, que un material tan extenso se redujera a una producción de noventa y cinco minutos, hizo que llovieran las críticas y esta entrega lo tuviera muy difícil. Factores que en realidad, no eran tan malos, y desde luego King ha visto versiones de sus libros infinitamente peores. Para empezar, La Torre Oscura del cine no es una adaptación, sino una secuela de los libros. Y si esto parece una decisión extraña, también es la más adecuada para este formato: el material original terminaba de forma que esta continuación, o nuevo comienzo, sea de lo más viable. En ella vuelve a aparecer el Pistolero, los distintos mundos, El hombre de negro, quien pretende destruir la Torre Oscura, que ahora es claramente una barrera entre el universo y las criaturas que lo amenazan, y Jake, un niño que, al igual que unos pocos, posee ciertos dones que, empleados de la forma adecuada, pueden servir para destruir la Torre por completo. Algo que el Hombre de negro ha estado llevando a cabo buscando gente como él en los distintos mundos, a lo que quizá Roland, el pistolero, pueda ponerle fin. Salvo que este está demasiado cegado por la idea de venganza como para darse cuenta.


Si uno de los grandes temores era que un metraje tan breve no le haría justicia a la historia, este finalmente ha sido lo de menos. La historia transcurre en el tiempo necesario. Unos noventa minutos que a veces parecen un tanto atropellados, y donde en una producción donde los efectos especiales son algo, más que prioritario, necesario, puede dar una sensación un tanto apresurada, de estar saltando de una cosa para acabar en otra sin terminar de procesar la anterior. En algunos momentos, los cambios de escenario son tan bruscos que parecen haber recortado metraje con un hacha, sin preocuparse por aportar una transición adecuada. Por otro lado, le da mucho dinamismo, no hay ni un momento de aburrimiento, pero sí de reflexión, y, sobre todo, esta falta de minutos adicionales hace que la historia adolezca de momentos donde se aportan explicaciones o información al espectador. Lo que supone que esta produzca una impresión similar a la que se tiene cuando se lee el primer libro: el público comprende el mundo del pistolero mediante imágenes, intuye lo que puede y tampoco le dan tiempo para que pare a preguntarse quienes son tal o cual criatura o de donde vienen. Si durante mucho tiempo nos sirvió una explicación tan simple como “el mundo se ha movido”, ahora también.



Al tono adoptado para el guion se le adecúa muy bien la atmósfera de la película: llena de tonos grises, el contraste entre escenarios se presenta mediante las escenas entre un mundo muy basto, lleno de desiertos y ruinas, y un Nueva York un tanto desvencijado, pero abarrotado de gente de modo que incluso su protagonista manifiesta, con incomodidad, lo opuesto de ambas situaciones. Es precisamente este aspecto desgastado, o directamente, ruinoso, el que contrasta con los elementos más nuevos o más cuidados, que en realidad son reliquias y que sirven de escenario para el antagonista. Entre ambos, choca un poco el incluir un atrezzo que quizá sea el más discutible, donde en una historia más centrada en la fantasía oscura acaban apareciendo, para justificar los cambios de escenario, unos cuantos cacharros propios de la ciencia ficción apocalíptica, y que, en cierto modo, son los que más desentonan con el resto.

El reparto, y especialmente sus interpretaciones, ha sido uno de los pocos aspectos en los que no han sido tan críticos: Idris Elba es El pistolero, sin más, que consigue muy bien una mezcla de indiferencia total y de evolución hacia un personaje más humano y con mayor empatía. Y si a Matthew MacConaughey se le apareció la virgen con True Detective, aquí aprovecha su estela para ofrecer un antagonista más que sobresaliente. De hecho, el aspecto palillesco de Rust Cohle todavía está bastante presente en su caracterización.



En general, la idea de comenzar la historia por su secuela funciona bastante bien con un metraje limitado: el mundo de la torre oscura es demasiado amplio para pretender abarcarlo tal y como aparece, y esta es una forma igualmente válida de acercarse a él. Presentada, también, de forma muy segura: en el fondo, esta versión cinematográfica es una historia independiente, que queda perfectamente cerrada y que puede continuar o no. Pero en la que no faltan muchas referencias que, sin ser algo determinante para comprenderla, los lectores las reconocerán al momento: el objeto que Roland lleva consigo a todas partes, la aparición de la estación Terminus en uno de los pueblos, los servidores del hombre de negro (con un breve papel de Jackie Earle Haley. Que para este tipo de personajes es fantástico pero el pobre hombre se está poniendo cada día más feito), las esferas que este usa en algún momento, y sobre todo, las palabras que se repiten en varios momentos y que sirvieron de comienzo en el primer tomo escrito por King: El Hombre de Negro huía a través del desierto y el Pistolero iba tras él. Guiños reconocibles, o no, que sirven para dar a intuir una visión más amplia de una narración que, en realidad no ha sido tan mala como aseguraban, más bien al contrario. Y que con un poco de suerte, podría continuar en un futuro. Por una vez, espero que esta Torre Oscura cuente con la confianza necesaria como para poder ver algo más.

jueves, 24 de agosto de 2017

The Void (2016). Como hacer una película de horror cósmico al estilo de los ochenta



No sé si la tendencia continúa o si la ha ido sustituyendo la siguiente década, pero el revival de los ochenta pegó muy fuerte. Empezó como una serie de guiños que podían verse en Hora de Aventuras, Historias corrientes u otros dibujos destinados a un público algo más amplio. Se extendió al nivel de los remakes y las secuelas, y el último verano llegó a tener su propia serie. Pero si había algo que se notaba en todas estas apariciones, y en todos y cada uno de los episodios de Stranger Things, era que esto se limitaba a la nostalgia. A hacer aparecer cosas que le eran familiares al público, a tirar de lo referencial aunque esto estuviera muy bien recreado. Pero es difícil innovar cuando lo que se busca es ofrecer esa impresión de familiaridad y de hacer recordar algo ya visto. De nuevo, acaba siendo una producción pequeña la que consigue hacer pensar "Así es como se hacían las películas hace treinta y pico años", sin que parezca una fotocopia. Aunque esto también implique usar todo lo bueno y lo malo de aquella forma de hacer cine.



The Void cuenta con gran parte de los elementos reconocibles de la serie B de entonces: un escenario limitado, un grupo de personajes dispares encerrados, y una trama sobrenatural que se manifiesta a menudo de una forma un tanto física y chusca. La trama, en este caso, consiste en un policía que tras conducir a un joven accidentado al hospital más cercano (un centro con la mala fortuna de estar a punto de ser trasladado y contar con cuatro gatos entre personal y pacientes), ve como este es rodeado por un grupo de figuras encapuchadas que, pese a atacar a todos los que intentan salir, no parecen querer entrar y acabar con ellos. Sus intenciones quedan claras en poco tiempo: mantener a sus ocupantes dentro mientras las criaturas que habitan en su interior, ocultas hasta entonces, deambulan por los pasillos.

Lo primero que llama la atención a los pocos minutos de metraje es la vocación artesanal de la película. Esta tiene una estética muy intemporal, sin que haya nada que pueda indicar la fecha en la que tiene lugar y donde tanto los vestuarios como la tecnología se usan de forma lo bastante ambigua para que pudiera ser cualquier momento: uniformes, radios de policía, monitores de pc un poco obsoletos, pero que todavía pueden verse en funcionamiento, e incluso polaroids ayudan mucho a la hora de crear un entorno que el público reconoce, pero que podría ser cualquier momento en los últimos veinte años. Los efectos especiales también son lo más reconocible en este aspecto: salvo un par de ocasiones muy específicas, y hasta necesarias, donde se echa mano de la infografía, recurren a todos los trucos tradicionales posibles, tales como movimientos de cámara concretos, juegos con la iluminación y el oportuno fallo de esta cuando es necesario mostrar alguna criatura demasiado cara. Y sobre todo, látex y marionetas. Tantas como no se había visto en mucho tiempo: desde el primer momento, donde se las arreglan muy bien para que unos tipos tapados con unas sábanas y un triángulo pintado parezcan inquietantes (¿Cómo harán estos sectarios para ver algo de noche?) hasta el que aparecen maquillajes, cables, y monstruos manejados a la antigua usanza y con un diseño muy grotesco que recuerda a los excesos de muchas películas de terror. Aunque con reservas: se nota que los medios son limitados y prefirieron darle un aspecto más profesional en vez de gastarlo todo en efectos especiales, por lo que aunque estos funcionan, los que aparecen quedan muy lejos de lo que pudo verse en La cosa de John Carpenter.



El diseño de estos también es muy deudor de las series B. Muy grotescos, buscando parecerse a los excesos que se ofrecían entonces sin complejos y donde, igual que estas, no falta el gore en varias ocasiones: degüellos hay unos cuantos, y tentáculos saliendo de las tripas de algún incauto, también. Estos, y la atmósfera de la películas, son las que dan una impresión de familiaridad: recuerdan a otras producciones de terror, pero a las menos conocidas y explotadas. Al toque filosófico de Hellraiser, a lo confuso de The Keep y sobre todo, a las dos o tres producciones que se hicieron basadas en H. P. Lovecraft donde, lejos de evocar horrores sutiles, las babas, sangre y monstruos salían a raudales. De hecho, el desarrollo del argumento es lo más parecido a las ideas de los Mitos de Cthulhu sin que se los mencione ni una sola vez, aunque estos se reconozcan fácilmente en todas las referencias a lo sobrenatural y el diseño de algunos monstruos.



Todos los elementos que hacían memorable este género están presentes, pero también lo están los negativos. El comienzo es un tanto torpe y forzado, parece que todos están esperando en cualquier momento que vaya a pasar algo. Y el escenario se maneja de una forma bastante tópica: un hospital a punto de cerrar es resultón, pero no parece tener mucho sentido que un lugar que ha sufrido un incendio siga operativo con tan pocos medios, y sobre todo, que este estuviera desde un principio plantado en el medio de la nada. Y, si la segunda parte aprovecha al máximo el aspecto visual de la historia, el desarrollo de esta cae en el estereotipo a causa de un antagonista que, como todo villano de su clase, dedica a un buen rato a soltar parrafadas filosóficas. Algo que contrasta mucho con el tratamiento de los personajes, que dentro de los arquetipos comunes, aporten una forma de presentarlos un poco más distinta a lo habitual: mientras el antagonista caía en lo tópico, el trasfondo de los personajes principales no se detalla mediante diálogo, sino por medio de flashbacks que tienen lugar hacia el final. No solo a estos se los caracteriza por sus acciones y lo que sucede desde su aparición, en lugar de por lo que cuentan, sino que también hay algún giro donde los secundarios que tenían todas las papeletas para morir, resultan mejor parados. Aunque este punto a favor se debe más al guión que a lo que aportan los actores, casi todos desconocidos y que en el mejor de los casos, cumplen: se asustan cuando hace falta, gritan cuando es necesario, y no chirrían demasiado en la interpretación (aunque el protagonista se parecía un poco a Julián López de la Hora chanante y no terminaba de creérmelo como policía), pero cuando hay que mostrar algo más complejo no quedan demasiado creíbles.

The Void no es una película que cuente con muchos medios ni promoción a sus espaldas, pero es una producción efectiva: podrá recordar a la estética de otras películas y utilizará efectos tradicionales pero sin que estos busquen tirar de la nostalgia del público. Y sobre todo, da exactamente lo que prometía en el tráiler que empezó a circular hace algunos meses.

jueves, 17 de agosto de 2017

The Blackcoat´s Daughter (2015). Vacaciones infernales


De algunas ficciones podría decirse que con su título se venden solas. Es algo que jugaba a favor de La semilla del diablo, que hacía preguntarse contra quien conjuraban los necios, o en el caso de comenzar a leer Scaramouche, interesarse por alguien que nació con el don de la risa.

The Blackcoat´s Daughter es uno de esos casos. Aunque su título alternativo era February, el anterior resultaba mucho más sugerente. Este, en realidad, no tiene mucho que ver con la historia que cuenta: si bien aparece un clérigo (el significado peyorativo de Blackcoat), no tiene ninguna hija. En cambio, febrero, o el comienzo de la semana de vacaciones escolares, es el momento donde esta empieza: con dos alumnas que por distintos motivos, deben quedarse solas en un internado hasta que sean recogidas por sus respectivas familias. Una de ellas cree, o intuye, que sus padres han muerto en un accidente durante el camino, y su comportamiento va volviéndose cada vez más extraño. Mientras, una chica que parece haber escapado de un centro psiquiátrico intenta llegar a la escuela donde estas se encuentran.


Planteada como una película de suspense sobrenatural, esta queda muy lejos de cualquier intención de ofrecer una sensación de miedo más directa, y todavía más de cualquier atisbo de sustos: esta se centra en los escenarios, y sobre todo, de las atmósferas recreadas mediante escenas que transcurren en silencio, y que enrarecen de forma muy efectiva un entorno que de otro modo, sería de lo menos amenazador. En este caso, el contar con un punto de partida como el de dos estudiantes quedándose solas en su internado resulta muy útil, al reflejar un poco el miedo que todo escolar pudo tener en algún momento de su vida. Son estos silencios, y que en realidad, el guión tiene muy poco diálogo, los que también sirven para desarrollar el trasfondo de los personajes de una manera muy peculiar. Sin explicaciones, poco más que alguna conversación ocasional, y sobre todo, con muchos lugares reconocibles y la expresión corporal de los actores, es posible intuir que una de las protagonistas teme estar embarazada, o que algo extraño sucede con el personaje principal. Aunque para esto último tenga que echar mano de los elementos que el público reconocerá enseguida como aquellos que sentaron cátedra en El exorcista.



Si esta forma de rodar consigue funcionar es gracias al reparto, que no son caras demasiado conocidas pero que, teniendo en cuenta su edad y las características de sus papeles, cumplen de sobra, especialmente Kiernan Shipka, la más joven del reparto. También ayuda que sus personajes hayan sido escritos para una historia más adulta, lejos de los clichés que suele ofrecer el cine de terror sobre los adolesentes y su comportamiento.



El depender exclusivamente de lo que el espectador saque en conclusión, y en la atmósfera del guión, es también, en cierto modo, uno de los lastres de la película: en este caso la “atmósfera” no implica nada macabro ni sobrenatural, sino un lugar normal y corriente donde parece que va a pasar algo raro. Esto implica que no va a haber escenarios deliberadamente macabros, pero tampoco nada especialmente creativo: unicamente los planos de lugares concretos, filmados con la habilidad de la que dispone el equipo de grabación. Y si bien se trata de una película donde no se puede esperar una narración dinámica, a veces esa parsimonia hace que los 90 minutos que dura se hagan un poco eternos, como si esta hubiera sido montada de forma que se justificara su calificación de largometraje. De hecho, algunas situaciones, como la trama del embarazo, no parecen tener demasiado lugar en un guión que pretende contarse por si solo, o donde lo que quieren es que sea interpretado por el público. Pero también supone un rasgo distintivo muy positivo: frente a la dificultad que supone en determinados momentos el entrar en una historia tan pausada, el tratamiento de las dos tramas que plantea se resuelve de una forma muy interesante, convirtiéndose no en un giro sorpresa que sustente el guión, sino en un rasgo distintivo que lo convierte en algo diferente.



The Blackcoat´s Daughter es en cierto modo, una revisión de determinadas situaciones que se pudieron ver en el personaje principal de El exorcista, aunque tratados aquí de una forma que queda muy lejos de la espectacularidad de la película de Friedkin: su protagonista aquí se transforma de una forma mucho más sutil y menos ruidosa, pero también, mucho más desesperanzadora. Pese a que su director, Osgood Perkins, había empezado en el mundo del cine como actor, ha sido en los dos últimos cuando ha demostrado un interés por la dirección en el cine de terror. Especialmente, en esos guiones que se alejan mucho de los estereotipos habituales.


jueves, 10 de agosto de 2017

La momia (2017). El origen de una franquicia. Tercer intento


La Universal lleva un tiempo queriendo sacar una serie de películas basadas en los monstruos que la hicieron famosa durante la década de los treinta. Y con "tiempo", sería bastante más de diez años: Van Helsing no pasó de ser una reunión de bichos infográficos con muchos saltos y momentos ridículos (Los huevos de Drácula. Nunca me cansaré de ese chiste involuntario). Drácula Untold fue una película de aventuras y fantasía oscura muy curiosa, que fue descartada como origen de la saga. En cambio, en su momento La momia llegó a funcionar bien como franquicia, aunque sus efectos especiales, y su guión a veces, no envejecieron demasiado bien. Y también fue esta última la elegida para intentar, por enésima vez, lanzar a los monstruos como parte de una saga con el título común de Dark Universe. Salvo que esta vez la aproximación era un tanto diferente: esta volvía a estar más cerca del terror que de la comedia de aventuras para todos los públicos, y por una vez, el sumo sacerdote Imhotep no buscaba a la rencarnación de su amada..vamos, directamente ni salía.



La momia de esta versión es efectivamente, una momia. Así, en género femenino singular, porque se trata de Ahmanet, una princesa egipcia no contenta con querer ser faraona en lugar del faraón, que tras asesinarlo vende su alma a Seth a cambio de poderes sobrenaturales y de conseguirle una encarnación humana. Detenida antes de completar el sacrificio, es momificada en vida y enterrada en un lugar muy lejano...el que hoy es conocido como Irak, donde es descubierta, en pleno conflicto armado, por Chris, un soldado americano. Con el sarcófago camino de occidente, este comienza a experimentar visiones donde Ahmanet le revela sus planes: el se convertirá en la encarnación de Seth, si una organización consagrada a detener el mal en cualquiera de sus formas, no lo impide. Lo que principalmente consiste en diseccionar a la momia y asesinar a su interés no romántico ante de que complete el ritual. Un poco bestia, pero ¿qué se podría esperar de una sociedad dirigida por Henry Jekyll?

 

Una de las ventajas de esta Momia ha sido alejarse de sus predecesoras en argumento y tono: todavía tengo una espinita clavada por la película de terror que pudo ser y no fue, y esta, aunque tenga muchas dosis de acción ofrece una visión más cercana a este género: los escenarios en su gran parte se trasladan a Londres, pero a uno muy similar  al que podría verse en la Momia de la Hammer. Además de unos planos rodados en pantanos, callejones oscuros y túneles, la paleta de colores elegida es muy curiosa, compuesta principalmente de  gris verdoso que lo cierto es que va muy bien para secuencias donde los cadáveres momificados campan a sus anchas. Mantiene también el equilibrio entre el aspecto más gótico y el moderno en cuanto a la trama donde se introduce a la sociedad que servirá de hilo común a la serie: las pantallas led conviven con los hierros y las tuberías, porque al menos aquí parecen saber que el villano no se de4tiene con una prisión de cristal blindado. Además de servir para aportar algún guiño  a la historia de la Universal: si se mira con cuidado, es posible encontrar en sus pasillos no solo restos de algún vampiros, sino también de la criatura de la Laguna Negra.



También queda lejos la historia inicial (quizá por lo limitado del presupuesto original, así como los gustos del público de la época): hoy, como mínimo tienes que intentar dominar el mundo para que te tomen en serio, salvo que esta vez los roles se invierten y el objetivo de la antagonista sea utilizar al protagonista para unos fines menos románticos. Esto supone que al menos habrá un mayor conflicto entre ambos, que el monstruo resulte más amenazador, o al menos, que lo intente: este se queda un poco en un "villano" sin más, y parece que no termina de conseguir el carisma adecuado para convertirse en uno memorable. Y aunque el guion cuenta con unas dosis de humor bastante inesperadas, pero muy bien traídas que se basan en lo improbable de las situaciones que afrontan sus personajes, Tom Cruise como protagonista tampoco resulta muy hábil a la hora de transmitirlo. Le falta gracia cuando hace falta y carece de dramatismo cuando es necesario. Russell Crowe, con un papel más breve, acaba aportando mucho más que el actor principal. E incluso uno de los secundarios, con unas apariciones muy deudoras del espectro que salía en Un hombre lobo americano en Londres, aporta más carisma a un papel que resultaría menor.



Uno de los problemas de La momia es querer tirar demasiado de una fórmula que funciona: la primera parte se esfuerza en aportar algo propio, la estética es llamativa e identificable, y la segunda, en cambio, cae en los tópicos del blockbuster. Planos de explosiones mientras los protagonistas corren y el paquete típico de las películas de acción (me pregunto cómo justificará  el ayuntamiento de Londres los desperfectos provocados por una no muerta milenaria), como si quisieran separarse lo justito de una presunta fórmula que le gustará al público. algo que este acepta con resignación: es un estreno de alto presupuesto, vendrá cortado por un patrón conocido. Lo tomas o lo dejas.

Aunque las críticas no la apoyaran demasiado, sin llegar a ponerla por los suelos, La momia no es un mal intento: tiene  una buena estética, han hecho un remake o reboot bien adaptado a los tiempos de un guión escrito en los años treinta y parece que han acertado a la hora de encontrar la película que abriera una franquicia de forma adecuada. Aunque para ello tuvieran que recurrir a giros un poco trillados.  

jueves, 3 de agosto de 2017

Lecturas de la semana. Raros, más raros y recomendados


 
Hace un par de meses empecé a escuchar Todo tranquilo en Dunwich, un podcast de literatura del que me acabé haciendo seguidora por tres motivos: primero, por tratar principalmente de género fantástico, terrorífico, o que sea cercano a estos. Segundo, porque tienen una devoción por Lovecraft parecida a la mía, además de hablar sobre sus lecturas con una pasión que resulta contagiosa y también bastante similar a ese momento en el que terminas un libro y dan ganas de salir a la calle al grito de “¡¡Thomas Ligotti es fabulosooooo!!”. Y finalmente, porque dos de las últimas novelas que he terminado las descubrí gracias a sus reseñas.



Harry Kressing. The Cook. Poco más disponible del que un autor que, además, muy poco se sabe. Salvo que se trata de un seudónimo y esta es practicamente su única novela. La historia de un desconocido, que llega a una pequeña ciudad, imaginaria, pero de la que por su descripción podría ser cualquier villa en Nueva Inglaterra, y que ofrece sus servicios como cocinero a los Hill, la principal familia de la zona y propietarios del mayor negocio local. Sin más recursos que su labia, un carisma extraño, y sus habilidades culinarias (bueno, además de bastante mala virgen en algunos casos. Y un cuchillo de cocina que debe estar hecho de acero hirkanio), va ganándose el respeto y el cariño de la familia, así como, a medida que avanza, una completa devoción y dependencia hacia su persona. La figura de Conrad es lo último que nadie esperaría de un cocinero: exageradamente alto, cadavérico, y con unos conocimientos sobre su oficio que le permiten controlar las dietas, y quizá el carácter de sus jefes de una manera que casi raya lo sobrenatural, siendo capaz de la forma más inesperada de alterar por completo el orden y la jerarquía de la casa en la que fue empleado.

El planteamiento de la historia es bastante extraño: no es suspense, porque en realidad el protagonista no tiene ningún motivo concreto para actuar como actúa. Ni la codicia o la venganza son mencionados, y ni siquiera se sabe nada de su pasado salvo sus referencias como cocinero y algunos conocidos que conserva de la ciudad. Tampoco sería género fantástico porque tecnicamente, no pasa nada sobrenatural...Más bien sería lo kafkiano, la comedia negra e incluso el cuento oscuro, el referente más cercano a la novela.

Precisamente lo indefinido de su situación, con el pueblo imaginario de Cobb y sin más referencias a otros lugares que “la gran ciudad”, además del carácter de Conrad, quien por su presentación, no es un héroe, ni un villano, sino un elemento discordante en la historia, le da un mayor carácter de fábula. En este caso, lo importante es la historia, su carácter extraño e incluso la evolución física del personaje principal, que va modificándose al mismo tiempo que el resto de secundarios. Pero no lo es el detallismo o los datos concretos. Porque para ser un libro sobre un cocinero y lo que hace en la cocina, de su protagonista solo se acaban conociendo tipos de platos: muffins, tostadas, faisán, comida que hace engordar y comida que hace adelgazar. Estas dos últimas, así, tal cual como salen en el libro. Bueno, y también comida especial para gatos, con lo que ya hizo que se ganar mis simpatías desde el primer momento.



Mariana Enriquez. Las cosas que perdimos en el fuego. El titulo del libro corresponde al último de los relatos de una colección de doce, donde la autora cuenta diversas historias de terror de una forma muy particular: sus relatos están muy lejos de los escenarios clásicos, los monstruos y lo abiertamente sobrenatural (salvo algunas excepciones a las que se les podría dar una explicación ambigua), y más cerca del terror cotidiano. El que puede estar a la vuelta de la esquina, en las noticias de un periódico, en un barrio marginal o en la propia mente de sus protagonistas.

Todos los relatos tienen un elemento en común: sus protagonistas son mujeres que de un modo u otro se ven afectadas por la culpa, el miedo o un evento traumático que bien sirve como punto de partida para desarrollar la historia, o bien constituye la narración en sí. Además de utilizar un lenguaje muy cercano, sin florituras, y con el que describe con total frialdad el lado más sórdido de los entornos que se han vuelto habituales en las ciudades, el pasado de Argentina, haciendo referencia con mucha sencillez, como una parte más de la historia de un país, a la dictadura, o aceptando con total serenidad una situación tan anómala como la que se describe en el último relato.

Aunque el nivel de la colección es muy alto, y las historias tan variadas como podían serlo las de Nocturnos de John Connolly, el orden de la presentación ha sido muy acertado: el libro comienza con El chico sucio, donde se describe sin concesiones uno de los barrios más peligrosos de la ciudad donde conviven los edificios más ajados con las antiguas casas señoriales, y donde se presentan, sin avisar, las caras más violentas de la ciudad e incluso la referencia a la Santa Muerte. El cierre, las cosas que perdimos en el fuego, describe una epidemia, por describirlo de alguna forma que comienza a extenderse entre las mujeres del país: las mujeres ardientes, quienes queman su cuerpo voluntariamente sin que acabe quedando claro que se trata de una forma de protesta extrema o el crear un nuevo canon de normalidad. Puede ser por su cercanía algunas veces al realismo sucio, o por tratar el terror de una forma muy poco tópica, pero el libro de Enrique acaba siendo más inquietante que cualquier relato de fantasmas en una rectoría.

jueves, 27 de julio de 2017

Una serie de catastróficas desdichas (2017). Las novelas por entregas actualizadas y parodiadas


Si hay algo que se le puede agradecer a Netflix es que se atreva a sacar cualquier tipo de serie, desde lo más específico (y anda que no están machacando con los anuncios de la serie de luchadoras de Westrling...digo yo, ¿para cuando una sobre funcionarios de Hacienda en los noventa?) hasta lo más geek (y lo bien que me lo pasé con la vuelta de Mystery Science Theater 3000) e incluso recurriendo a adaptar material escrito, donde también tiene un par de ejemplos.



En el caso de Una serie de catastróficas desdichas, los libros no eran ajenos a la pantalla. En 2004 se estrenó una película donde se aprovechaba el histrionismo de Jim Carrey, y su habilidad para ir rebozado en maquillaje, que no llegó a convertirse en franquicia como le pasó a las más afortunadas. Una década después Netflix recuperaba el testigo siendo mucho más ambiciosa: si todo va bien, se guionizarán los doce libros donde se cuentan las desventuras de los hermanos Baudelaire. Una familia formada por Violet, inventora aficionada, Klaus, bibliófilo, y Sunny que...bueno, que es un bebé todavía y su hobby es morder cosas. Quienes pierden a sus padres en un incendio y, tras ser adoptados por el conde Olaf, un siniestro personaje que junto a sus secuaces, pretendía hacerse con la fortuna familiar, pasan por distintos tutores ante la evidente inutilidad de los adultos: desde científicos aficionados a las serpientes pasándo por ex agentes secretas agorafóbidas, e incluso despiadados empresarios. Quienes por algún motivo, son incapaces de ser conscientes de lo que los hermanos Baudelaire descubren desde el primer momento: que el conde Olaf los persigue, oculto tras los disfraces más peregrinos, intentando deshacerse de ellos y de paso conseguir su herencia. Y por si no fuera poco tener que huir de un villano de opereta, sus padres, e incluso su principal enemigo, parecían formar parte de una trama secreta que ellos irán descubriendo.



En el momento de su primera versión, los libros en los que se basaban eran toda una rareza: la historia de estos quedaba muy lejos de lo que podía ofrecer un Harry Potter o una Narnia (la de C. S. Lewis, no mi gata), contando desde el primer momento con una gran vocación paródica y la capacidad de romper la cuarta pared a través de un narrador, Lemony Snicket, que dedicaba su tiempo a explicar lo sucedido y relacionarlo con sus vivencias, convirtiéndose en un personaje más. De hecho, el humor de los libros era bastante sorprendente teniendo en cuenta que en principio estaba dirigido a unos lectores muy jóvenes. Quienes parece un poco difícil que fueran capaces de pillar referencias como muchos de los apellidos y descripciones que había en los libros, y sobre todo, el estilo de estos. Porque las desventuras de sus protagonistas en cierto modo eran un poco una versión cómica de las novelas por entregas donde se seguía a unos personajes que encadenaban desdicha tras desdicha, y donde era imposible que la huérfana, la viuda o el niño perdido pudiera tener tan mala suerte.



La serie adapta a la perfección la idea de los libros, siendo capaces también de añadir al propio Snicket como un personaje más, quien aparece en determinados momentos hablando a la cámara, citando directamente sus párrafos originales. A un planteamiento tan curioso le corresponde, acertadamente, una estética similar: muy marcada por lo anacrónico, donde el mundo parece haberse detenido en una especie de años cincuenta ficticios, y donde los escenarios conservan un aspecto un tanto gótico que, pese a alguna comparación, no tiene nada que ver con Tim Burton. Quizá, por buscarle un parecido, podrían ser más similares a lo que pudo verse en Pushing Daisies, aunque con una visión más oscura y con un humor mucho más negro.



 

La adapción es muy fiel al material original, tanto, que en muchos casos ha conservado para mal su principal defecto: los libros, pasada la sorpresa inicial, caían un tanto en la repetición, consistiendo estos en la llegada de los protagonistas junto a un nuevo tutor, la aparición del villano disfrazado, el desenlace, y vuelta a empezar al siguiente. Donde, también a la tercera o cuarta vez, la aparición del autor explicando términos evidentes a sus lectores pasa de ser graciosa a un tanto tediosa. Y que en la primera temporada, que adapta los cuatro primeros libros, hace muy patente este agotamiento al cuarto capítulo donde el público ha visto repetirse este esquema unas tres veces. En este caso es una suerte que hayan optado por un formato no superior a ocho, porque si llegan a incluir un libro más, sería bastante repetitivo.



En cambio, al trabajar con una serie cerrada, han solucionado de forma bastante hábil un elemento de la trama que, aunque aparecía de forma posterior, era un elemento decisivo. En este caso, en lugar de dedicarse unicamente a repetir el esquema principal de los primeros libros, han ido presentando un argumento secundario, sobre sociedades secretas, agentes y contraespías, que aparece en momentos muy contados, pero que ayuda a sobrellevar en muchos casos lo monótono de algunas situaciones además de aportar una motivación de mayor importancia a los personajes. Dentro de lo que cabe, claro, porque lo cierto es que esta última también está tratada de una forma muy singular, y hace pensar que a saber lo que se encuentran los protagonistas en la segunda temporada.



Una serie de catastróficas desdichas es todo lo que se esperaba de una adapción televisiva: pese a no saber resolver algunos de los defectos del material original, es muy fiel, refleja perfectamente el estilo de los libros, y cuenta, además de con una estética muy adecuada, con un reparto que sorprende para bien: si los protagonistas infantiles son lo que se espera de ellos, o lo que es lo mismo, que sepan actuar y no resulten repelentes, el que brilla en cada aparición es Neil Patrick Harris como Conde Olaf, donde no duda en ofrecer una interpretación de lo más estrafalaria, donde incluso hay guiños bastante inesperados (como presentarse en una escena de una manera tan envarada que recuerda al conde Orlok), hace honor al término “villano de opereta” e incluso se arranca a cantar en más de una ocasión. Un papel que, para quienes sus casi diez años interpretando a Barney Stinson nos daban un poco igual, supone una aparición de lo más divertida.




lunes, 17 de julio de 2017

Obituario: George A. Romero


La misma tarde en la que nos estábamos reponiendo de la noticia sobre el próximo doctor Who (o no. Con tantas pistas sobre una Doctora tampoco era para sorprenderse), se anunciaba, en este caso, un fallecimiento. Que en realidad no tiene nada que ver con televisión, británica o no, sino con el mundo del cine, de la serie b y del terror gracias al cual muchos descubrimos a los zombies modernos.

George A. Romero, según las noticias, fallecía a los 77 años. Una edad no demasiado avanzada según qué estándares (idea que me vino a la cabeza al descubrir que tenía parientes gallegos), pero que a su público nos hace pensar cómo y a qué velocidad han volado los últimos treinta años.  Y que quizá explicara por qué su última película fechara ya de 2009, disfrutando de un merecido retiro.

Sería imposible pensar en el cine de los setenta y los ochenta sin George Romero, del mismo modo que también lo sería sin Wes Craven o John Carpenter. Y aunque su carrera contó con películas memorables, desde adaptar a King con La mitad oscura, adelantarse un poco al cine “de infectados” con The Crazies u homenajear a los comics de la EC con Creepshow, esta estará ligada a la figura del zombie. Fue a partir de La noche de los muertos vivientes cuando este término se separó de su origen mitológico y configuró al que después sería un habitual en el cine posterior, pero también en la cultura popular. Porque, aunque él echara pestes de Guerra Mundial Z y Walking Dead, él era un poco culpable de que hoy pudiéramos disfrutar con ellas. Como también lo era de haber desarrollado, a lo largo de cuatro películas (sé que son seis, pero las dos últimas son tan flojas que vamos a hacernos el avión a su favor), una saga donde se mezclaba esta figura con la de cierta crítica, muy de serie B, a la sociedad y al consumismo. Aunque esto comenzara de forma casi accidental: el protagonista de La noche de los muertos vivientes original, fue elegido simplemente por superar un cásting, sin pretender que hubiera segundas lecturas. Era, como serían después Rick Grimes y compañía, un superviviente. También fue el responsable de darle a sus zombies, porque en el fondo, no podemos pensar en ellos de otra forma, una característica que los definiría posteriormente: lo ambiguo de su origen. Si bien es en esa primera entrega donde jugaba un poco con una explicación de ciencia ficción, posteriormente la descartaría para hacer que estos fueran la amenaza en sí, sin que el motivo de su aparición importara. Algo que resumió perfectamente cuando, en El amanecer de los muertos, un personaje dice “Cuando no quede más sitio en el infierno, los muertos caminarán sobre la tierra”.
 


Solo por eso, bueno, y por las noches de sus películas emitidas a horas intempestivas en la televisión todavía analógica, por la expectación de poder ver, veinte años después, el estreno en cine de La tierra de los muertos, porque me encantan los zombies, y por haber hecho feliz a sus espectadores, muchas gracias. A él y a Martin Landau, un actor bastante menor (y quizá para los que veíamos la tele en el 2000, conocido por sus doblajes en el Informal), de quien mientras escribía esto, me enteré también de su fallecimiento.

jueves, 13 de julio de 2017

La bella y la bestia (2017). El clásico Disney, versión extendida


A principios de los noventa, Disney tuvo algo parecido a una segunda edad de oro: en realidad muchas productoras querrían estar en sus mejores tiempos como lo estaba esta en los peores, pero durante varias Navidades el estreno de La Sirenita, Aladdin o El rey león eran todo un evento para los más pequeños. Las producciones de esa década son sin duda las más recordadas, y también las más rentables, recurriendo a reestrenos conmemorativos o incluso versiones musicales. Y, con unos medios que hoy consiguen lo que antes era impensable (y para qué negarlo, los que ayer fuimos al estreno andamos hoy con la morriña subida. Cosas de vivir en la Gran Depresión), las versiones en imagen real de los guiones animados también es una fuente de ingresos.



La Bella y la Bestia ha sido una apuesta segura en este caso: se trata de una traslación punto por punto del original en dibujos, al que además de alguna canción a mayores, se le añaden un par de tramas extra que en principio, darían algo más de trasfondo al cuento en que se basó. Bella sigue siendo una joven aldeada amante de los libros, algo muy raro en un pueblo donde toda chica aspira a casarse y donde alguien como Gastón, el cazador más fanfarrón y descerebrado, les parece el mejor partido. Salvo a Bella, que para disgusto de este último, ni el matrimonio ni sus fanfarronadas le atraen lo más mínimo. Su vida cambia cuando, para salvar a su padre, se ofrece como prisionera en el castillo habitado por una horrenda bestia que...y ahora es cuando me pregunto por qué estoy malgastando un párrafo en resumir una historia, que, bien por la propia Disney, bien por el propio cuento, todos conocemos. Y si no, la versión de Cocteau (que también sirvió de inspiración para los dibujos) es una buena forma de descubrirla.



Nunca terminaron de convencerme estos intentos de convertir clásicos de animación en imagen real, principalmente, porque el original funcionaba, lo conocía de sobra, y estas no aportaban más que contar lo mismo en otro formato. Pero al menos para la productora es una apuesta más segura que la de contar la historia desde otra perspectiva, como hacían con Maleficent. Y, si el 101 dálmatas de los noventa acabé viéndolo en casa, lo mismo ha pasado con La Bella y la Bestia. Es un trasvase punto por punto de lo que vimos en los cines en el 91. Uno muy correcto, bien ejecutado y que entretiene tanto como lo hizo la anterior. Pero que no tiene más novedad, salvo el contar con personajes que antes solo habrían sido posibles mediante la animación, como Lumière, Dindon, Chip, que hoy aparecen como un candelabro, un reloj y una taza digitales, entre otros, que conviven con los actores reales en el mismo escenario. Cosa que pueden llevar a cabo sin problemas a nivel infográfico, pero en los que parece que se ha perdido algo: la expresividad de algunos de estos objetos queda muy lejos de la que podía dar, por ejemplo, la animación tradicional a una familia formada por una tetera y una tacita, que aquí resultan algo más planos.

 


El cambio de formato, y también de la forma de producir blockbusters, se nota aquí en un aumento en el metraje: los noventa minutos que entonces eran habituales se estiran ahora a una media hora más, que se cubre con algunos números musicales nuevos (de los que no hay queja, porque actores como Ewan McGregor han demostrado ya defenderse muy bien en este género) o algunas tramas que se incluyen para darle un toque más oscuro en algunos casos, o más cercano a un público adulto que conoce la historia, en algunos momentos. El primer caso no funciona demasiado bien: el trasfondo sobre la infancia de la protagonista no aporta nada novedoso al guión, salvo alargarlo un poco y añadir efectos especiales. El segundo, en cambio, aporta un poco de chispa ofreciendo unos diálogos entre una Bella y Bestia menos ñoños, con más puntos en común con el desarrollo de una pareja en una comedia romántica que la que sería en un cuento de hadas.



Aunque la estética ofrece todo lo que se esperaba, y la mezcla entre los colores más luminososo propios de la animación, y las secuencias más oscuras es efectiva, el reparto se queda como mucho, en cumplidor: aquellos que interpretan a los sirvientes del castillo se limitan a poner su voz como podrían haberlo hecho en la versión de dibujos, y la pareja principal acaba resultando un tanto sosa: es un poco difícil transmitir algo cuando la bestia se pasa toda la película bajo una capa de infografía, y hace añorar aquella peculiar versión en la que Ron Perlman se las apañaba más que bien con un montón de prótesis y maquillaje encima. A Emma Watson, como Bella, no consigo terminar de verla: sus gestos, su actitud y la forma en que lleva al personaje parecen más adecuados para una comedia romántica moderna que para una fábula de fantasía. Sus levantamientos de ceja quedarían bien en la adapción cinematográfica de una novela de Rainbow Rowell, pero el intento de alejarse de la ñoñería de la Bella de los noventa no funciona bien. Se salva en cambio Luke Evans como Gastón el cazador, que sin sobreactuar ni aportar nada especial, sí que hace un personaje más creibe y con más presencia física que el resto.



Para bien o para mal, La bella y la bestia funciona. Algo que se esperaba cuando se cuenta con un guión de eficacia probada, las adapciones necesarias para atraer al público moderno y un reparto que va a gustarle. Se ve, entretiene, pero permanece esa sensación de que esta versión no era necesaria.




jueves, 6 de julio de 2017

Doctor Who (2017). Un comienzo, un final y una renovación


El pasado sábado se emitió el final de la décima temporada del Doctor Who. Décima, si tenemos solo en cuenta su regreso en el 2005, claro. Una temporada que marcaba también dos despedidas: la de Peter Capaldi como duodécimo Doctor y la de Steve Moffat como responsable de la serie. A quienes echaré en falta dado que el primero ha sido mi doctor preferido de toda la etapa nueva, superando a Christopher Eccleston, y el segundo, le ha dado a la serie un estilo que me gustó muchísimo más que el planteado por Russell T. Davies: quizá menos capaz de cerrar todas y cada una de las tramas y detalles minúsculos que aparecen en cada capítulo, pero también más dada al fantástico, a mostrar lo imposible, y por qué no, a lo macabro. Una parte del mundo del Doctor visto por Moffat daba miedo, y ahí estaban los Ángeles, los Silence y los Monjes para demostrarlo.



Esta temporada ha venido marcada por la impresión de ser un comienzo, casi un reboot de las anteriores. Si el especial de Navidad se presentaba a un Doctor en el que Clara Oswald había quedado atrás, y que ahora estaba presente su condición de viudo de River Song (bastante curioso que la relación entre ambos quede fuera de pantalla. David Tennant la conoció por primera vez, Matt Smith se pasó media temporada huyendo de ella y Capaldi parece haber sido su verdadero cónyuge), entre la emisión del 25 de diciembre y el primer capítulo de la temporada parecían haber tenido lugar sucesos bastante importantes. Lo bastante como para que el doctor se haya recluido durante décadas en la tierra, como profesor de una universidad, acompañado por Nardole, el antiguo empleado de River, quien ahora le hace las veces de asistente, acompañante sin viajes y de vigilante en la tarea que ahora el doctor se ha encomendado: guardar una cámara, de la que solo se sabe que parece haber algo peligroso, pero por lo que él siente un profundo respeto. Es Bill Potts, la trabajadora de la cafetería universitaria, quien lo anima, una vez más y para disgusto de Nardole, a retomar desde cero sus viajes. Sin ningún objetivo en concreto, sin ninguna trama pendiente y sin ningún enigma más allá del que ambos encuentran en cada viaje que realizan. Que serán suficientes como para encontrar todo tipo de criaturas, desde alienígenas en el Londres victoriano, hasta una raza capaz de alterar la memoria de toda la humanidad e incluso desvelar qué es lo que se esconde en la cámara que el Doctor guarda.



Es curioso que para ser el final de una etapa, la impresión que de el primer capítulo de la temporada sea la de comenzar una historia: con un Doctor asentado en un escenario concreto, y la presentación de la acompañante nueva, se repasan una vez más los giros y características de la serie y personajes, de forma que al público que los conoce no molesta, aunque quizá lo desconcierte un poco, y sirva para que los espectadores nuevos vayan familiarizándose con una serie que, a fin de cuentas, en su etapa nueva lleva ya doce años en emisión. Y que probablemente también sirva para hacerles llegar en menos tiempo uno de los eventos más propios del personaje, como es la idea de la regeneración de este y la aparición de un nuevo doctor. La intención se nota ya desde que aparece en pantalla el título de ese episodio, nada menos que “piloto”, en referencia tanto a la trama como al estreno de una serie nueva. Esta presentación se hace también con bastantes guiños y bromas a los tópicos de la historia, que el personaje de Bill se encarga de desmontar: la referencia al título de “Doctor Who”, al funcionamiento de la Tardis, a la aparición de determinados enemigos, se plantean con ella de una forma que el público seguramente ha pensado muchas veces.



La nueva acompañante supone también separarse de las características de las anteriores: Amy Pond fue la Chica que Esperó, Clara Oswald la Chica Imposible, todas ellas con un objetivo concreto en la trama que, una vez resuelto, hacía un poco difícil ubicarlas. Bill, simplemente, es un personaje cualquiera, bastante más cercano a Rose Tyler, y que se acerca al Doctor también de una forma muy parecida. Y aunque esta sea la compañera principal, Nardole también tiene un papel importante: si bien durante los primeros capítulos tiene mucha menos presencia, limitándose a ser una especie de nexo entre el escenario principal y la Tardis, acaba convirtiéndose en un habitual en la segunda mitad de la temporada, y aportando un elemento mucho más divertido que el perfil habitual de compañeros: muy lejos del estereotipo de “joven atractiva” de los últimos doce años, cuenta con un conocimiento del Doctor y su entorno que supone una ventaja respecto a otros personajes, además de una vis cómica muy adecuada. Nunca me había convencido Matt Lucas como comediante, quizá porque Little Britain tenía mucha sal gruesa, pero su Nardole es un protagonista de lo más gruñón y entrañable.



También se ha notado la evolución que el Doctor de Capaldi ha sufrido en estos años: frente al personaje más distante, sin apenas empatía de su primera aparición, pasando por alguien que intentaba separarse ante todo de sus versiones anteriores, caracterizado por su guitarra y sus gafas de sol (a veces casi parecía que estaba sufriendo una crisis de madurez) a convertirse en un Doctor como tal, alguien que ante todo, es capaz de sacrificarse por un bien común, sea cual sea, y mucho más compasívo que el de sus primeras apariciones. Pese a haber tenido menos tiempo que los actores anteriores, en el duodécimo doctor ha sido mucho más evidente su evolución como personaje.



Ahora dan risa, pero en el capítulo  es otra cosa.

Los guiones, en cambio, esta temporada han sido un poco irregulares: generalmente con Doctor Who soy muy poco objetiva porque es una serie que me ha acompañado durante muchos años, a la que le tengo un gran cariño, y a la que incluso el capítulo más pasarratos o más flojo me entretiene. Pero en este caso, a menudo se hace evidente que dependen demasiado de ciertos estereotipos: los enemigos más peligrosos se borran de un plumazo mediante una solución que resulta un poco deus ex machina, donde es el carácter o la fortaleza mental de los compañeros del doctor los que salvan el día de una forma que resulta un poco increible. Sobre todo, cuando dedican tiempo a crear unos enemigos con cierta complejidad y que en apariencia, eran lo peor que el Doctor se había encontrado: el caso de los Monjes, salvo una apariencia que seguramente le provoque pesadillas a la próxima generación de niños, se ha quedado en una anécdota. Al final parece que hay que volver a los clásicos, y es en este caso cuando aciertan de pleno. Porque si enemigos como los cybermen habían tenido ya su actualización hace algunos años, ahora Moffat ha sido capaz de rizar el rizo y recuperar a los originales, en aspecto y características: nada menos que los cybermen de los primeros años, con un disfraz tan simple como un pasamontañas y un colador en la cabeza (lo que venía a ser el Doctor Who que conocíamos antes de 2005) se convierten aquí en un material de pesadilla, donde a lo cutre de su aspecto se le da una explicación viable, convirtiéndolos en algo aterrador, y donde se desarrolla el final de temporada que el Doctor merecía.


El final llega retrasando lo que se ha especulado desde la noticia de la despedida de Capaldi: el próximo Doctor sigue siendo un misterio hasta el próximo especial de navidad y despedida definitiva de este y Moffat. Donde ha habido un montón de referencias a la hipótesis regenerarse en una mujer (desde Missy, la nueva versión del Master, hasta que el propio doctor comente que fue vestal en la antigua Roma) y que en realidad, más que un final, es un cliffhanger de cara al cierre de la etapa, que, al menos, promete ser una vuelta de tuerca a un tema que si bien en la etapa clásica era un evento habitual, en la nueva se quedó unicamente como parte del especial del 50 aniversario: el encontrarse dos o más encarnaciones distintas del doctor en un mismo momento. Y, si bien estas no solían funcionar todo lo bien que deberían, siendo más un evento para los fans que otra cosa, en este caso resulta más prometedora: el Doctor, rebelándose una vez más contra su condición, contra el hecho de regenerarse y contra lo que es, se encuentra a sí mismo. Pero literalmente.

jueves, 29 de junio de 2017

Animales fantásticos y dónde encontrarlos (2016). Años veinte, cazas de brujas y un zoólogo despistado


Harry Potter fue una de las sagas con más éxito de las que disfrutó el cine el la última década. Con siete libros, y ocho películas gracias a la costumbre pionera de dividir el último en dos partes, fue posible seguir una historia donde el mundo que describía fue aumentando y evolucionando, de forma que una imaginería tan tradicional como magos con varitas y sombreros se transformó en un entorno más oscuro y complejo, creciendo junto a sus protagonistas y sus lectores. Además, el estilo de los libros eran tan sencillo que no me fue difícil ir leyéndolos en muy poco tiempo, o ver las películas a falta de algo mejor en la cartelera. El mundo de Harry Potter, en cambio, no llegó a despertarme demasiado interés, más allá de la curiosidad y por no tener sagas sin terminar (salvo que sean muy aburridas): es una saga que me pilló mayor, y me pareció que el estilo de la narración se había quedado demasiado básico en comparación con el tono de los últimos libros. Por eso tampoco me fascinaba demasiado el mundo que describía la saga, una vez terminada. Y el hacer una película sobre un volumen que consistía en una enciclopedia sobre los animales que viven en él, me hacía sospechar que la idea se quedaría en muchos efectos especiales y poco más para justificar la nueva entrega de una saga más que terminada. El trailer, en cambio, ofrecía algo mucho más atractivo: una estética muy llamativa y un argumento más enrevesado de lo que esperaba.



Animales fantásticos y donde encontrarlos es unicamente el título del libro que Newt Scamander, un zoólogo de criaturas mágicas, escribirá en un futuro. Son los años veinte, y el mundo, de magos y muggles, está muy lejos del que conocería Harry Potter: con una Gran Guerra, en la que participaron ambos, todavía recientes, y una sociedad para la que el respeto a los seres fantásticos es un concepto comprensible todavía, Newt llega a Nueva York en el peor momento posible. Las normas de convivencia entre ambos mundos son muy distintas a las que existen en Inglaterra: separados, y ajenos a la existencia de la magia, salvo por un grupo que se hace llamar Nuevo Salem, y que al igual que sus antepasados, cree que la mejor forma de tratar con la brujería es con fuego. Y en grandes cantidades. Algo que solo puede empeorar cuando, varios de los animales que Newt cuida se escapan, provocando destrozos e incluso alguna muerte. Newt asegura que es algo imposible, dado que estos son inofensivos. Pero también sospecha que el causante se encontraba en la ciudad desde hace tiempo, y que él no es más que un chivo expiatorio para ocultar algo más peligroso.



sta es una película que entra por los ojos. Pero que está también muy lejos de la estética de las primeras de Harry Potter: mucho más sobria, su atractivo recae en plantear el guión en una época pasada, y de momento, no muy explotada en este género, como serían los años veinte, y con todas las posibilidades que ofrece. En su mayor parte, hay menos despliegue de efectos especiales y magia gratuita que en Hogwarts, y la magia se presenta como algo menos artificioso y más integrado en la vida diaria de quienes la emplean. Es curioso que el aspecto tirando a atemporal de las otras entregas, también se mantenga, haciendo que sea evidente que la acción se desarrolla en el siglo pasado, pero que los vestuarios resulten también menos estridentes y menos centrados en la moda que lo que podría haberse visto en una película de época. Pero tanto las secuencias en entornos exteriores como las relacionadas con el mundo de los magos son de lo más apreciable, sin que lleguen a recrearse tanto con ellas como se había hecho hasta entonces. Aparecen lo justo, y son una parte más de la ambientación, aunque eso no impida que situaciones, como un garito ilegal en el que se mueven gangster y duendes sea de los momentos más cuidados de todo el metraje.



Una de las cosas que podría echar para atrás sería el formar parte de una franquicia en concreta, y que en principio parecería difícil el entrar en una historia cuyo trasfondo se desconoce, o que incluso, no interesa. Lo cierto es que esto lo han solucionado muy bien, porque la historia puede seguirse perfectamente sin conocer nada de la serie, haciendo también guiños a cómo el protagonista se pierde al encontrarse con unas referencias y convenciones culturales distintas a la suya. O más bien, lo justito: hoy términos como muggle, o el uso de las varitas, forman parte de la cultura popular como los sables láser de La guerra de las galaxias, de modo que es bastante sencillo entrar en una historia que transcurre en el universo de Harry Potter, pero no es Harry Potter. Hay algunos momentos en los que se descansa en el conocimiento del espectador de determinadas referencias, pero curiosamente, esto sirve para evitar situaciones destinadas a explicar qué es tal o cual cosa que puede comprenderse, o intuirse, perfectamente, haciendo que el guión gane mucho más dinamismo, al no tener que destinarle tiempo a estas exposiciones. Toda una ventaja unida a un reparto ya formado unicamente por adultos, que además de servir de apoyo a la idea de hacer una producción independiente a la franquicia principal, es más que solvente, tanto por el talento de los actores como por cómo han sido escrito sus personajes: la elección de Eddie Redmayne es muy curiosa como protagonista, pero aporta un aspecto despistado y a la vez muy tierno, capaz de aguantar el tipo cuando interactua con efectos digitales e incluso de trasmitir la empatía que su personaje siente por los animales. Y especialmente, el de Jacob Kowalski en su papel de muggle que, si en principio parecía que le iba a tocar hacer de alivio cómico, acaba convirtiéndose en alguien que sirve para aportar cierta empatía con los espectadores que quizá no conozcan la serie y a quien en todo momento, se le caracteriza con bastante sentido común y no con chistes tontos.



Es el guión el que acaba teniendo los fallos propios de una producción que a fin de cuentas, se ha estrenado para extender una franquicia. Este trabaja con dos tramas, por un lado, la situación que viven los personajes en nueva york, un enfoque bastante adulto sobre la intolerancia y el miedo a lo desconocido,y la presentación del que será el antagonista de esta nueva saga. Por otro, la de los animales que se escapan por Nueva York, que sirve para justificar la inclusión de unas cuantas secuencias con efectos digitales y que se ejecuta de una manera bastante torpe: parece un poco difícil que un tipo acostumbrado a moverse entre animales los pierda como si fueran un paraguas, y la insistencia en destinar tiempo a mostrar las persecuciones con efectos especiales hace que detalles más importantes, como nuevo Salem, o la importancia de las habilidades de un personaje, acaben quedándose en una anécdota que unicamente aporta un desenlace.

Animales fantásticos y donde encontrarlos ha sido una buena sorpresa: aunque la idea sea comenzar una nueva saga, esta no cae en la costumbre de ofrecer un final abierto de cara a consolidar las continuaciones, sino que funciona perfectamente como una película independiente. Además, su planteamiento, pese a compartir universo, queda ya muy lejos de Harry Potter. Quizá esté pensada como una nueva saga para unos fans que ya han crecido, pero la idea al menos ha funcionado.

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